Hay gente que entra en Ikea a comprar una estantería y sale con una cocina completa, tres lámparas, una planta de plástico y una discusión matrimonial.
En WordPress pasa algo parecido.
Entras buscando un plugin para poner un formulario de contacto y, cuarenta minutos después, estás instalando una inteligencia artificial que saluda a los visitantes por su nombre, les recomienda productos y posiblemente les pregunta por su infancia.
Y todo gratis.
Bueno, gratis hasta que descubres que para activar el botón azul tienes que contratar el plan Premium.
Pero eso ya es otra historia.
Yo solo quería vender tornillos
Imagina que tienes una ferretería.
Vendes tornillos. De todos los tamaños. Tornillos normales, tornillos largos, tornillos de esos que te sobran cuando montas un mueble de Ikea y no sabes si preocuparte.
Decides montar una tienda online con WooCommerce.
Hasta aquí, todo estupendo.
Pero un día descubres que puedes añadir un chatbot.
¿Por qué no?
Ahora el cliente puede preguntarle a una inteligencia artificial qué tornillo necesita.
La inteligencia artificial, después de analizar la consulta, le recomienda visitar a un psicólogo porque detecta cierta frustración en su relación con los muebles.
Bueno, está aprendiendo.
Después descubres un plugin para hacer reservas.
¡Estupendo!
Ahora puedes reservar cita para comprar tres arandelas.
Los martes de 10 a 12, que tampoco vamos a estar disponibles todo el día para cualquier cosa.
Luego llega la ruleta de descuentos.
Gira y gana.
Un 5 %.
Un 10 %.
Un envío gratis.
O un tornillo sorpresa.
Que tampoco sé qué tiene de emocionante recibir un tornillo sorpresa, pero oye, cada uno tiene sus aficiones.
Y entonces apareció el unicornio
Porque alguien, en algún rincón de internet, ha creado un plugin para mostrar animaciones cuando un cliente entra en tu web.
Y claro, empiezas con unos discretos confetis.
Pero eso es de principiantes.
Tú quieres algo diferente.
Un unicornio bailando sevillanas mientras aparece un mensaje:
«¡ENHORABUENA! ERES EL VISITANTE NÚMERO 47.283. ¡TIENES UN 3 % DE DESCUENTO EN TORNILLOS DE CABEZA PLANA!»
Marketing del bueno.
Tu competencia no tiene unicornio.
Ja.
Ahí les has ganado.
Mientras tanto, un pobre hombre que solamente quería comprar cuatro tornillos lleva siete minutos intentando cerrar ventanas emergentes, rechazar cookies, hablar con un chatbot y encontrar dónde demonios está el carrito.
Al final se marcha.
Sin tornillos.
Pero con una experiencia digital inolvidable.
¿Os acordáis de las webs del año 2000?
Ay, qué tiempos aquellos.
Fondos negros, letras amarillas, contadores de visitas, botones que parpadeaban y GIFs animados por todas partes.
Una calavera que giraba, un sobre dando saltitos para que nos escribieras un correo y el imprescindible cartel de «WEB EN CONSTRUCCIÓN» acompañado de un obrero con un martillo neumático.
Que digo yo, ¿alguna vez estuvieron terminadas aquellas webs?
Entrabas a consultar el horario de una tienda y te recibía una animación de un muñeco bailando.
¿Por qué?
Porque se podía.
Y porque el vecino también tenía uno.
Luego aparecieron las presentaciones en Flash, la música automática y los cursores que dejaban una estela de estrellitas.
Maravilloso.
Han pasado más de veinticinco años.
Tenemos conexiones rapidísimas, servidores mucho más potentes, inteligencia artificial y herramientas que entonces parecían ciencia ficción.
¿Y qué hacemos?
Llenamos las webs de chatbots, ventanas emergentes, asistentes virtuales, ruletas, formularios y mensajes que aparecen cuando llevas siete segundos mirando una página.
Antes te perseguía un GIF de un hámster bailando.
Ahora te persigue un chatbot preguntándote:
«¡Hola! ¿En qué puedo ayudarte?»
Pues mira, de momento, en dejarme leer tranquilo.
Que llevo tres segundos aquí,
Y lo peor no es la tecnología. La tecnología ha avanzado una barbaridad.
Lo preocupante es que seguimos haciendo lo mismo.
Vemos una función nueva, la instala la competencia y enseguida pensamos que nuestra web también tiene que tenerla.
Sin preguntarnos si sirve para algo.
Sin comprobar si nuestros clientes la necesitan.
Sin pensar siquiera si mejora lo que ya tenemos.
Antes copiábamos GIFs. Ahora copiamos chatbots.
Y nos creemos muchísimo más modernos.
Pero, en el fondo, seguimos siendo un poco borregos.
Y me incluyo, que conste.
Porque todos hemos instalado alguna vez algo simplemente porque estaba de moda.
La diferencia es que ahora al borrego le hemos puesto inteligencia artificial.
Tenemos un pequeño problema. O 47.
Porque ahora tu tienda tiene 47 plugins.
Uno para las reservas.
Otro para los descuentos.
Otro para el chatbot.
Otro para optimizar el chatbot.
Otro para que el chatbot no moleste demasiado.
Y uno que nadie sabe para qué sirve, pero lleva instalado desde 2019 y da miedo desactivarlo.
Ese no se toca.
Ese ya forma parte de la familia.
Y llega el día de las actualizaciones.
WordPress te dice que hay 23 pendientes.
WooCommerce quiere actualizarse.
El chatbot necesita una nueva versión.
La ruleta ha dejado de girar.
Y el unicornio, por algún motivo que todavía estamos investigando, ahora baila bachata.
Pero tranquilo.
Hay un plugin para arreglarlo.
Seguramente.
Haz lo que te salga de los plugins
Y aquí viene lo interesante.
Que nadie me malinterprete. Los plugins son una de las grandes ventajas de WordPress.
Gracias a ellos puedes montar una tienda, una academia, un sistema de reservas o prácticamente cualquier cosa sin tener que programarla desde cero.
Y los chatbots, las automatizaciones o la inteligencia artificial pueden ser herramientas extraordinariamente útiles cuando tienen un propósito.
Pero que puedas instalar algo no significa que lo necesites.
Cada plugin añade una pieza más que debe funcionar, actualizarse y convivir con las demás.
Y no, tener 47 plugins no significa necesariamente que tu web vaya mal, igual que tener cinco no garantiza que vaya bien.
Lo que importa es qué hacen, cómo están desarrollados y si realmente los necesitas.
Así que antes de instalar el próximo, yo me haría una pregunta bastante sencilla:
¿Esto ayuda a mi negocio o simplemente lo quiero porque lo tiene el vecino?
Porque ahí está la cuestión.
Llevamos décadas hablando de innovación, transformación digital, inteligencia artificial y experiencias de usuario.
Palabras preciosas.
Pero si instalamos cualquier novedad sin pensar en qué aporta, no estamos innovando.
Estamos siguiendo una moda.
Exactamente igual que cuando poníamos un GIF de una llama ardiendo porque lo habíamos visto en otra web.
Al fin y al cabo, puedes hacer con tu web lo que quieras.
Puedes poner reservas, ruletas, chatbots, confetis e incluso un unicornio con problemas de identidad musical.
Haz lo que te salga de los plugins.
Pero recuerda una cosa.
El cliente entró para comprar cuatro tornillos.
No para participar en una gymkana digital organizada por una ferretería con delirios de Silicon Valley.
Y los cuatro tornillos…
Pues siguen en el carrito.
Esperando.
Desde el martes.
Hemos pasado de las webs llenas de GIFs a las webs llenas de inteligencia artificial.
Y seguimos sin preguntarnos lo más importante:
¿Esto lo necesita mi cliente o lo necesito yo para sentir que no me estoy quedando atrás?




